¿Y si el futuro ya llegó y no nos enteramos? El mundo envejece y las carencias se convierten en un denominador común. La vivienda es casi inaccesible, el costo de vida condiciona proyectos personales y el Estado de bienestar cruje ante las transformaciones de las sociedades. Argentina forma parte de ese escenario global pero con sus propias fragilidades económicas, sociales y demográficas, y con una resistencia conocida: revisar las certezas construidas para un mundo que ya cambió.
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El costo de no ver la realidad
«La demografía tiene una particularidad y es que las cosas pasan más o menos despacio, pero pasan». La advertencia de Rafael Rofman, investigador de CIPPEC, durante una entrevista con Tercer Tiempo, expuso una paradoja argentina: conocemos buena parte del futuro, pero postergamos las decisiones necesarias para afrontarlo.
Entre 2014 y 2023, la fecundidad cayó un 40% en el país. Entre las adolescentes, la reducción alcanzó los dos tercios. Lejos de considerarlo una tragedia, el investigador destacó una conquista social: «Es el reflejo de mujeres con más autonomía, más educación, más cuidado y respeto por los derechos de los chicos».
El problema no es la decisión sino en la incapacidad de adaptar las instituciones a una sociedad que tendrá menos jóvenes y más adultos mayores.
Pero la realidad puede ser, también proactiva. La reducción de la matrícula escolar abre una oportunidad para mejorar la calidad educativa. La longevidad exige transformar un sistema sanitario que responde mejor a las urgencias que a las enfermedades crónicas. Y el envejecimiento pone bajo presión un régimen previsional que acumula cerca de 200 regímenes de excepción, entre ellos provinciales, docentes, militares y policiales, bailarines, según precisó Rofman.
El especialista señaló que algunas de esas excepciones permiten jubilaciones a edades muy tempranas. Lo que una población joven podía sostener con dificultades se vuelve mucho más oneroso cuando cambia la proporción entre trabajadores activos y adultos mayores.
«El problema es que hacerlo requiere decisiones políticas que no siempre son fáciles», advirtió. Los resultados de una reforma pueden demorar diez, veinte o treinta años. Su costo político, en cambio, se paga de inmediato. Y la postergación, aunque resulte más cómoda tiene consecuencias.
Europa, aquella promesa de futuro
Europa representó para muchos argentinos la posibilidad de una vida previsible. Esa promesa aún impulsa partidas, aunque la realidad de quienes viven allí comience a desmentir parte del imaginario.
«La gente tiene una fantasía enorme con la vida europea […] y eso hoy no sucede», afirmó Virginia Priano, periodista argentina radicada en Milán, durante su entrevista con Tercer Tiempo.
La periodista describió una realidad que contradice aquella imagen de prosperidad: «Una persona hoy con un sueldo promedio en Milán no puede alquilar, vivir sola y bancarse su vida».
El encarecimiento de la vivienda, los salarios insuficientes y las dificultades para independizarse modificaron las expectativas de una generación, resumió Priano.
Y ejemplificó: «los jóvenes comparten habitaciones, se alejan de los centros urbanos o buscan oportunidades fuera del país. Italia, que durante décadas representó una promesa de progreso, ya no ofrece el mismo horizonte de desarrollo a una tercera generación.»
Allí aparece una paradoja difícil de ignorar: mientras muchos argentinos todavía imaginan a Italia como una puerta de salida, jóvenes italianos consideran que su futuro está en otra parte. «No es más un país de oportunidades», sentenció.
A la hora de contextualizar las protestas de Milán, Priano describió un malestar que excede el costo de vida: la falta de oportunidades laborales, los recortes en educación y salud y un descontento social cada vez más visible. Distinguió esos reclamos legítimos de los saqueos, los destrozos y los episodios de violencia que acompañaron las manifestaciones.
También advirtió sobre las tensiones que atraviesan a las segundas y terceras generaciones de familias inmigrantes, muchas de ellas nacidas en Italia, pero todavía expuestas a la discriminación y al resentimiento social. Un conflicto que ya no puede explicarse únicamente por la llegada de nuevos inmigrantes.
La Europa que durante décadas ofreció certezas también empieza a preguntarse cómo recuperarlas.
Y un día, las carencias unieron los continentes
«Costo de vida es central, costo de vida conlleva frustraciones, costo de vida lleva mayores demandas». Con esa definición, Juan Battaleme, analista internacional, identificó una de las claves del malestar europeo.
El especialista vinculó la crisis con factores que se potencian: presión sobre las finanzas públicas, envejecimiento poblacional, dificultades para sostener el Estado de bienestar y una economía afectada por la pérdida de la energía barata tras la guerra entre Rusia y Ucrania.
Los gobiernos enfrentan mayores exigencias de gasto en defensa y seguridad, al mismo tiempo que deben responder a sociedades que reclaman mejores salarios, vivienda, salud y protección social. La distancia entre las demandas y los recursos disponibles se convierte en un terreno fértil para el descontento político.
A esa tensión se suma otra, más difícil de resolver: la integración de generaciones de familias inmigrantes que no siempre encuentran las oportunidades que imaginaron, explicó Battaleme.
«No dejás de ser un extranjero en tierra extraña y, desde el punto de vista del receptor, no dejás de ser un extranjero en su propia tierra», reflexionó.
La frase describe una fractura social que trasciende la discusión sobre controles migratorios. Cuando el ascenso económico deja de funcionar como promesa compartida, las diferencias culturales adquieren una dimensión política más conflictiva.
El analista destacó la capacidad de adaptación de Meloni frente al desgaste de otros liderazgos europeos. Sin embargo, detrás de los nombres propios persiste una dificultad estructural: gobernar sociedades cuyas expectativas crecieron más rápido que sus posibilidades materiales.
Argentina tiene otra historia migratoria y un entramado social diferente. No corresponde equiparar realidades que no son idénticas. Pero la vivienda inaccesible, los ingresos insuficientes y la dificultad para proyectar una familia ya forman parte de conversaciones a ambos lados del Atlántico.
Las carencias no borraron las fronteras. Las atravesaron.
Las certezas de un mundo que ya no existe
La baja natalidad no es, por sí misma, una derrota. La longevidad tampoco. Ambas pueden expresar conquistas extraordinarias. El fracaso aparece cuando las instituciones no consiguen adaptarse a sus consecuencias.
Rofman dejó una advertencia que debería incomodar a buena parte de la dirigencia: «Las sociedades al final del día son como las personas, se tienen que hacer ricas antes de hacerse viejas, porque después es demasiado tarde».
La Argentina todavía dispone de una oportunidad, pero no de tiempo ilimitado. Mejor educación, empleo de calidad, inversión productiva, infraestructura y tecnología no son capítulos aislados de una agenda económica. Son las condiciones para sostener una sociedad con más adultos mayores y nuevas necesidades de cuidado.
También exigen un debate previsional serio, capaz de reconocer las desigualdades del sistema sin reducir cada intento de reforma a una batalla de consignas. El problema de la política no consiste únicamente en su dificultad para alcanzar acuerdos. Es su inclinación a convertir las urgencias del presente en una excusa para no discutir el futuro.
Europa ofrece una advertencia adicional: incluso las sociedades más desarrolladas pueden descubrir que sus instituciones ya no alcanzan para garantizar las expectativas que ellas mismas construyeron.
Mientras debatimos cómo la inteligencia artificial transformará el empleo, la demografía ya redefine quiénes trabajarán, quiénes necesitarán cuidados y cómo se financiarán los sistemas de bienestar. Naturaleza mata innovación?
La demografía ya cambió. La economía empieza a sentirlo. La política y sus líderes todavía interpretan el presente con mapas analógicos.
El problema no es que el mundo haya cambiado. Es que intentamos comprenderlo con las certezas de uno que ya no existe.
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Por Sara Di Tomaso

