Día de la Tierra, IA y ambiente: la discusión que no estamos dando

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Por Marcelo Alejandro Corti, Director Ejecutivo del Centro de Desarrollo Sustentable GEO

La inteligencia artificial avanza a una velocidad que entusiasma. Automatiza procesos, mejora la eficiencia y redefine industrias. Pero en esa aceleración hay una pregunta que todavía no termina de instalarse: cuál es el costo ambiental de ese desarrollo.

Tiempo de lectura: 3 minutos

El uso cotidiano de la tecnología suele ocultar lo que la sostiene. Cada compra online, cada servicio digital, cada contenido que se consume tiene detrás una infraestructura que demanda energía, agua y minerales. Y es justamente ese uso indirecto, masivo e invisible, el que dificulta dimensionar el impacto real. Como plantea Marcelo Alejandro Corti, el desafío no es frenar la innovación, sino entender sus costos y orientarla mejor.

Una infraestructura que no se ve

La expansión de la inteligencia artificial, junto con el crecimiento del cloud, el streaming y la digitalización de procesos, está aumentando la presión sobre recursos críticos. Centros de datos que requieren grandes volúmenes de energía, sistemas de refrigeración que demandan agua y cadenas productivas que dependen de minerales específicos forman parte de esa base invisible.

El problema no es el uso individual, sino la escala. La suma de millones de interacciones diarias es lo que transforma a la tecnología en un actor relevante dentro del debate ambiental.

Eficiencia no siempre es menor impacto

La evolución tecnológica tiende a mejorar la eficiencia. La Ley de Koomey plantea que el uso de recursos para la computación se vuelve cada vez más eficiente con el tiempo. Sin embargo, esa mejora no necesariamente reduce el impacto total: cuando el uso crece exponencialmente, la demanda también.

Ahí aparece la tensión. La inteligencia artificial puede ser parte del problema, pero también puede ser parte de la solución si se orienta hacia la optimización del uso de recursos y la reducción de impactos.

El rol de las empresas en el cambio

En este escenario, las empresas ocupan un lugar central. Sus decisiones no suelen partir de la conciencia ambiental, sino de la eficiencia. Y es justamente ahí donde se abre una oportunidad: cuando el uso ineficiente de recursos también implica mayores costos, la sostenibilidad empieza a alinearse con la lógica económica.

Los reportes ESG avanzan en esa dirección. Medir el impacto deja de ser una opción para convertirse en una necesidad. Porque sin datos, la discusión queda en percepciones.

Una discusión que ya no puede postergarse

El desarrollo de la inteligencia artificial no se va a detener. La pregunta es en qué condiciones crece y con qué consecuencias.

Incorporar el impacto ambiental en esa conversación no implica frenar la innovación. Implica entenderla mejor.

Porque el desafío ya no es solo qué puede hacer la tecnología, sino qué costo estamos dispuestos a asumir para que lo haga.

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