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En medio de la presión económica, las dudas sobre la agenda climática y el cuestionamiento a las políticas de sostenibilidad, la mayoría de las empresas decidió no retroceder. Según los informes de PwC y CDP, ocho de cada diez compañías mantienen o aceleran sus objetivos climáticos, una señal de que el clima dejó de ser solo reputación y empezó a ser una variable de negocio.
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La agenda climática entró en otra etapa
Durante el último año, la sostenibilidad corporativa quedó atrapada entre tres fuerzas: mayor presión regulatoria, tensiones macroeconómicas y crecientes dudas sobre el valor real de las estrategias ambientales dentro de las empresas.
Pero los datos muestran algo distinto a un retroceso. El informe PwC Third Annual State of Decarbonization 2026 y el Corporate Climate and Nature Progress Report 2026 de CDP coinciden en que la acción climática corporativa no se está debilitando. Está entrando en una fase más exigente.
El dato central es claro: el 82% de las compañías mantiene o acelera sus objetivos climáticos. Además, son más las empresas que incrementan su ambición climática, con un 23%, que aquellas que la reducen, con un 18%.
Del compromiso al resultado
La novedad no está solamente en que las metas sigan vigentes. El verdadero cambio aparece en cómo las empresas empiezan a gestionarlas.
“La sostenibilidad deja de ser un ámbito periférico o eminentemente reputacional para consolidarse como un componente central en la toma de decisiones empresariales”, explicó Diego López, socio de PwC Argentina a cargo de los servicios de Sostenibilidad y Cambio Climático.
La frase marca el corazón del informe. Ya no alcanza con anunciar compromisos, publicar reportes o posicionarse como empresa responsable. La nueva etapa exige ejecución, consistencia y credibilidad.
En otras palabras, las compañías empiezan a tratar el clima como tratan cualquier prioridad estratégica: con inversión, gestión de riesgos, planificación financiera y presión por resultados.
El clima también es negocio
El informe de CDP advierte que comienza a abrirse una brecha entre las compañías que integran clima y naturaleza en su estrategia y aquellas que todavía gestionan la sostenibilidad como una agenda separada.
Las empresas que lideran esta integración logran mayores reducciones de emisiones y capturan mejor las oportunidades económicas de la transición. Ahí aparece una discusión que el mundo corporativo ya no puede esquivar: el clima también define competitividad.
El desafío más complejo ya no está en declarar ambición, sino en ejecutarla en la cadena de valor, medir emisiones indirectas, anticipar riesgos físicos asociados al cambio climático y adaptar decisiones de inversión.
“El foco se desplaza hacia el fortalecimiento de los mecanismos de gestión, con una mayor vinculación entre desempeño ambiental y toma de decisiones estratégicas”, sostuvo Belén Zermatten, directora de Sostenibilidad y Cambio Climático en PwC Argentina.
Por qué no retroceden
La respuesta parece simple, pero no lo es: muchas empresas ya entendieron que abandonar sus metas climáticas puede ser más riesgoso que sostenerlas.
La presión regulatoria crece, los inversores miran con más atención la exposición climática, las cadenas globales de valor exigen información más robusta y los eventos extremos empiezan a afectar operaciones, costos y continuidad de negocio.
Por eso, incluso en un contexto económico adverso, la sostenibilidad deja de ser un lujo corporativo. Empieza a funcionar como una herramienta de resiliencia.
La discusión de fondo ya no es si las empresas deben hablar de clima. La pregunta es cuáles van a poder demostrar que saben gestionarlo cuando el contexto se pone difícil.

