Vaca Muerta dejó de ser una promesa. Es una de las grandes oportunidades productivas del país y concentra el interés de las principales compañías energéticas del mundo. Su crecimiento expone una carencia: la formación del recurso humano capaz de sostenerla. Argentina proyecta inversiones, producción y exportaciones a veinte años. ¿Proyecta con el mismo horizonte la educación que necesita para transformar esa riqueza en desarrollo?
Resumen
- Vaca Muerta proyecta inversiones, producción y exportaciones a veinte años.
- La formación de técnicos, ingenieros y profesionales comienza décadas antes de que el mercado los demann, pero no hay.
- La educación argentina arrastra problemas de aprendizaje, evaluación y desigualdad de origen.
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El recurso humano se planifica
Argentina sabe cuánto petróleo quiere sacar de Vaca Muerta dentro de veinte años. Sabe cuántos barriles, cuánta infraestructura y cuántas inversiones necesitará. Pero no puede evidenciar de dónde saldrán los técnicos, ingenieros y profesionales capaces de sostener ese crecimiento. Se llegó tarde.
Los recursos naturales tienen una ventaja: estaban ahí antes de que alguien los descubriera. El recurso humano no. Se forma. Lleva años. Exige educación, docentes preparados y una estrategia que sobreviva a la urgencia.
Manuel Álvarez Trongé, presidente de Educar 2050, encontró en Neuquén una contradicción difícil de disimular: “Neuquén es la provincia más estratégica del país en cuanto a futuro, riqueza, Vaca Muerta, cuenca neuquina, gas. Y al mismo tiempo tiene una educación que no logra estar a nivel de esa riqueza natural”.
En Vaca Muerta se mide todo: reservas, pozos, producción, costos y barriles. Cuando llega el momento de medir qué aprenden los chicos, la precisión se termina.
Según Trongé, solo el 20% de las escuelas primarias y el 40% de las secundarias neuquinas participan de las pruebas Aprender, las evaluaciones nacionales que permiten conocer los aprendizajes alcanzados por los estudiantes para medir cómo seguir y reflexiona sobre esta carencia: “Es como ponerte el termómetro 50 segundos en vez de tres minutos. No tenés diagnóstico”. Y agrega: “En quinto año, después de 14 años de escolaridad obligatoria, el 86% de los alumnos no tienen competencias mínimas en matemáticas”.
Medimos el subsuelo con precisión. Sobre quienes deberán trabajar arriba, todavía discutimos el termómetro.
Veinticinco años después
El problema tiene una incomodidad adicional: no se corrige para el próximo trimestre.
Florencia Salvarezza, directora del Instituto de Neurociencias y Educación de Fundación INECO, obliga a retroceder hasta 1997. “La última prueba regional en la que a nosotros nos fue bien fue en 1997”, recuerda. «Argentina ocupó entonces el segundo lugar de América Latina en lectura. Después comenzó el retroceso.»
Lo cierto es que la educación muestra sus resultados con demora. Sus fracasos también. El adolescente que hoy termina la secundaria ingresó al sistema más de una década atrás. El profesional que una industria necesitará mañana probablemente ya esté sentado en un aula.
Salvarezza señala problemas en los contenidos, los métodos de enseñanza y la formación docente. Recupera experiencias que volvieron a poner el foco en la enseñanza explícita, la evaluación y una condición bastante elemental: el orden. “Si hay ruido, si hay interferencia, no aprendés”.
No parece revolucionario. Quizás ese sea el problema. La educación que el país necesitará dentro de veinte años se define hoy.
El origen todavía pesa
La escuela argentina nació, entre otras razones, para que la biografía no se convirtiera en condena. Salvarezza pone nombre a esa batalla: el “factor cuna”.
En los sistemas educativos que funcionan, sostiene, “a partir de los 6 o 7 años pesa más el sistema escolar que el factor cuna”. Su diagnóstico sobre Argentina es menos amable: “La escuela regenera la pobreza”.
Un informe de la UBA sobre jóvenes vulnerables muestra otra cara del problema. Estimó que 4,1 millones de jóvenes de entre 18 y 29 años viven en condiciones de vulnerabilidad. El 60,5% no terminó la secundaria. Entre quienes no trabajan, el 32,8% tampoco estudia ni busca empleo: los denominados “Triple NI-NI”.
Hay un dato que rompe una explicación demasiado cómoda: el 85,7% cree que estudiar puede mejorar su calidad de vida.
El deseo existe. Las posibilidades para convertirlo en proyecto no se distribuyen de la misma manera.
Capital Social
Nadie elige la familia, el barrio o la provincia donde nace. Tampoco los vínculos, la información y las referencias que recibe como punto de partida. Se llama capital social puede ser amplio o extremadamente frágil.
Fundación Cimientos trabaja sobre esa brecha. Esta semana reunió a 350 jóvenes de entre 16 y 18 años de 21 barrios y localidades del AMBA dentro del marco del Programa Proyecta Tu Futuro, una osadía en tiempos tan líquidos. Conocieron universidades, conversaron con profesionales, armaron currículums y ensayaron entrevistas laborales. La mayoría serán los primeros de sus familias en terminar la secundaria o proyectar estudios superiores.
En tiempos de fama fugaz y éxitos que pueden durar lo que una cañita voladora, ellos eligieron un recorrido menos inmediato: estudiar, trabajar y construir autonomía.
Mercedes Méndez Ribas, directora ejecutiva de Cimientos, lo resume: “Están abriendo un camino que nadie recorrió antes por ellos, y para eso necesitan algo muy simple: conocer las opciones, porque nadie elige lo que no conoce”.
Profesionales, docentes, organizaciones y empresas aportan tiempo, experiencia, información y contactos. El capital social también puede construirse.
Nuestra Argentinidad es procrastinadora, y planificar puede ser, cumplirlo jamás. Vaca Muerta tardó millones de años en formarse bajo tierra. El recurso humano necesita décadas de educación sobre ella. La diferencia es que esas décadas dependían de nosotros. Llegamos tarde. No tanto como para perder también el próximo cambio de época.
Sara Di Tomaso

