Lionel Messi se despidió de la Selección Argentina después de 21 años y dejó algo más que goles, títulos y récords: una manera de estar en el mundo. Su huella también se construyó fuera de la cancha y en silencio. Y su Responsabilidad Social como líder ante el mundo fueron causas ligadas a la infancia. El éxito modificó su dimensión personal, pero no la esencia desde la que eligió ejercerla.
Tiempo de lectura: 3 minutos I Destacada
Resumen
- Más que fútbol: Messi se despidió de la Selección después de 21 años. Su legado fuera de la cancha.
- Dos décadas de responsabilidad social: desde Fundación Leo Messi y como Embajador de Buena Voluntad de UNICEF, puso el foco en infancia, salud y educación.
- Su Imagen: convirtió su enorme influencia en recursos, atención y visibilidad para otros, muchas veces lejos del ruido.
El Valor de una Imagen Pública
Lionel Messi se despidió de la Selección Argentina y es necesario abrir otra dimensión ante tanta vanidad reinante: como ejerció el enorme poder que significó convertirse en Marca Messi.?

En momentos de tanta liviandad urge observar la Marca Messi, sostenida en más de dos décadas, en valores tradicionales de la clase media argentina: esfuerzo, trabajo, familia y pasión al deporte mas argento que la argentina misma, el fútbol potrero, hoy casi en extinción. Y a la vez, cada vez que pudo, su memoria emotiva se convirtió en responsabilidad social real, concreta, y sin uso político, los niños.
Ahí aparece otra manera de leer su legado. No se trata de contar cuánto ganó ni cuántos récords rompió, sino de observar cómo administró la fama, la influencia y el lugar extraordinario que llegó a ocupar: mientras todo a su alrededor cambiaba de escala, hubo algo que permaneció inalterable: su esencia.
Una ética sin relato
La reputación ó responsabilidad de una figura pública se expresa en la manera en que decide ejercer el poder que acumula. Messi pudo convertir cada crítica en una guerra personal. Cada triunfo en una revancha. Cada acción solidaria en una campaña destinada a fortalecer su propia marca. Sin embargo, no fue ése el lugar desde el que construyó su figura pública. Quizás esta hidalguía volcó a millones de personas en 2022 para festejar el Mundial y en paz. Algo así como predicar con el ejemplo.
Mientras sus contratos, sus goles y sus premios recorrían el mundo, sus acciones sociales tuvieron una exposición mucho menor. La Fundación Leo Messi nació en 2007 y desde 2010 el futbolista es Embajador de Buena Voluntad de UNICEF. Detrás de esos dos datos hay casi dos décadas de proyectos relacionados con salud, educación, alimentación e inclusión, con un denominador común que se repite: la infancia. Es necesario destacar que con intensidad se busco la voz de UNICEF, y con delicada prudencia, no dieron declaraciones tras su salida.
Su Fundación participó en el impulso del SJD Pediatric Cancer Center Barcelona, dedicado a la oncología pediátrica. Durante la pandemia colaboró con el Hospital Clínic de Barcelona y destinó 500.000 euros a la Fundación Garrahan en Argentina. En el Hospital Mi Pueblo de Florencio Varela ayudó a financiar una residencia para madres y, junto con UNICEF, acompañó proyectos educativos para chicos afectados por la guerra en Siria.
A esas iniciativas se sumaron programas de alimentación escolar en Mozambique y acciones de inclusión a través del deporte para niños y jóvenes con discapacidad intelectual. Miradas por separado pueden parecer intervenciones distintas. Observadas a lo largo del tiempo muestran una continuidad: la decisión de utilizar recursos y visibilidad en lugares donde las oportunidades de los chicos dependen muchas veces de que alguien pueda acercarlas.
Lo que Messi también dice de nosotros
Durante demasiado tiempo construimos sobre nosotros mismos una caricatura que, de tanto repetirla, terminó pareciendo identidad. La viveza como virtud, el atajo como inteligencia, el que grita más fuerte como líder, la soberbia confundida con carácter y la necesidad de encontrar un enemigo para saber de qué lado estamos. Pero resulta que Messi también es argentino. Y su historia obliga a ampliar una definición que tal vez agotó.
En una sociedad acostumbrada a asociar autoridad con confrontacion, su liderazgo mostró otra posibilidad, que se puede conducir sin hacer del grito una demostración de poder. Competir ferozmente sin convertir al adversario en enemigo. Y confiar en el propio talento sin necesitar disminuir al otro para demostrar superioridad.
En diciembre de 2022, millones de argentinos salieron a las calles para celebrar una Copa del Mundo. La explicación inmediata estaba, naturalmente, en la victoria deportiva. Pero también hubo una enorme identificación con un equipo cuyo capitán había construido autoridad desde una lógica diferente. No hace falta atribuirle a un hombre la conducta de una sociedad entera para reconocer algo más sencillo: los referentes también transmiten valores a través de la manera en que ejercen su poder.
Existe entonces otra argentinidad posible, aunque tenga mala prensa. La del esfuerzo sin el culto al atajo. La del talento sin necesidad de humillar. Aquella que no olvida de dónde viene. Esa otra que pierde, vuelve a intentarlo y, cuando gana, no necesita cobrar las cuentas pendientes. Messi también nos representa desde ahí.
Cuando el silencio se convierte en legado
Gran parte de su carrera le pedimos a Messi que fuera alguien distinto. Que gritara más, que demostrara carácter, que expresara la argentinidad de la manera en que nosotros habíamos decidido que debía expresarse. El tiempo terminó mostrando algo bastante más interesante: Messi no necesitó convertirse en otro para convertirse en referente.
Tal vez por eso su despedida deja una pregunta que ya no pertenece al fútbol: cuánto de esa manera de estar en el mundo fue construyendo en el camino y cuánto estaba desde el principio. Porque antes de la fama, del dinero, de los títulos y del enorme poder de su nombre, estuvo el juego. Y jugar siempre necesita del otro.
Después llegaron las tentaciones adultas: el ego, el atajo, la revancha, la necesidad de demostrar quién manda. Es difícil saber cuánto de lo que llegó a ser lo construyó en el camino y cuánto ya habitaba en aquel niño.
A lo mejor, el secreto de llegar a ser Messi fue no dejar nunca de ser un niño que sólo quería jugar. La pena que tardamos 21 años en darnos cuenta.
Leer también: Messi genera admiración aún perdiendo: su liderazgo desde el soft power | Alfredo Bernardi: Messi y Scaloni y la construcción de un liderazgo positivo
Por Sara Di Tomaso

