Glencore lleva hidroponía a Calingasta: 17 escuelas, sin tierra y con 90% menos de agua

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Glencore Pachón lleva huertas hidropónicas a 17 escuelas de Calingasta | Tercer Tiempo News

  • Empresas Glencore Pachón: huertas hidropónicas en escuelas de Calingasta

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Glencore Pachón puso en marcha el programa Huerta Hidropónica Escolar en 17 escuelas primarias de Calingasta, San Juan. Los módulos permiten cultivar 28 plantas sin tierra y con hasta 90% menos de agua que una huerta tradicional.

La iniciativa tiene el aval del Ministerio de Educación de San Juan y la asistencia técnica de Amaltea, consultora especializada en desarrollo productivo sanjuanino. Está dirigida a alumnos de 5° grado de Barreal, Villa de Calingasta y Tamberías.

El primer taller se realizó en la Escuela Nuestra Señora de las Nieves de Barreal, con la experta Lali Gaetano, quien tiene 17 años de trabajo en agricultura y comunidades rurales.

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Por qué hidroponía y por qué en Calingasta

Calingasta no es un departamento cualquiera para este tipo de programas. Es una zona árida, de alta montaña, donde el agua es un recurso escaso y el suelo agrícola, limitado. Ahí la hidroponía no es una tendencia: es una respuesta lógica. El sistema cultiva plantas en soluciones acuosas enriquecidas con nutrientes, sin tierra, con menor riesgo de plagas y sin necesidad de fertilizantes químicos. Y consume un 90% menos de agua que una huerta convencional.

Esa ventaja es determinante en un territorio donde el acceso al agua condiciona la vida cotidiana. Glencore Pachón — cuyo yacimiento de cobre y molibdeno opera a 3.600 metros sobre el nivel del mar, a 5 km del límite con Chile — eligió esta tecnología para trabajar con las escuelas locales. No es casual: la empresa tiene presencia en el territorio desde hace años y entiende sus limitaciones mejor que cualquier programa diseñado desde Buenos Aires.

17 escuelas, 5 nodos, un modelo que se replica

El programa entrega módulos hidropónicos a 17 escuelas primarias. Cada módulo tiene capacidad para 28 plantas e incluye el kit completo para su funcionamiento. Pero la entrega de hardware no es el centro del programa: lo son los talleres.

Cinco escuelas funcionan como nodos de capacitación, donde estudiantes y docentes aprenden el armado del sistema, las prácticas de cultivo sostenible y el mantenimiento de las huertas. La lógica es de multiplicación: los cinco nodos capacitan a los 17 establecimientos. Y los chicos, a sus familias.

Lali Gaetano, experta con 17 años de trabajo en agricultura familiar y comunidades rurales, condujo el primer taller en la Escuela Nuestra Señora de las Nieves, de Barreal. Su lectura del resultado fue directa: «Fue muy lindo trabajar con ellos en el armado del kit de hidroponía. Hacen preguntas y responden las que nosotros les hacemos.» La participación activa de los chicos no es un detalle menor: es el indicador real de que el programa funciona.

Lo que dijo la directora y lo que eso significa

Mónica Tapia, directora de una de las escuelas participantes, fue más allá del elogio protocolar: «Es una propuesta motivadora y estimulante que nos va a permitir articular con todas las áreas curriculares.» Esa frase es clave. Un módulo hidropónico en una escuela puede ser un objeto decorativo o puede convertirse en un eje transversal de biología, matemática, ciencias naturales y educación ambiental. La diferencia la hace la capacitación docente, que este programa incluye desde el inicio.

Gaetano fue aún más precisa sobre por qué la primaria es el momento justo: «En la primaria tienen mucha curiosidad, se adaptan muy rápido y están muy interesados en las nuevas prácticas. Creemos que pueden llevarlas a sus familias.» Eso es lo que convierte este programa en inversión comunitaria y no solo en RSE escolar: el conocimiento sale del aula y entra en los hogares de Calingasta.

Glencore en Calingasta: la licencia social que se construye antes de la mina

El Pachón todavía está en etapa de exploración avanzada. La producción —proyectada en 360.000 toneladas anuales de cobre en concentrado durante los primeros diez años— no comenzó. Pero Glencore ya lleva más de 15 años de presencia en el territorio, construyendo lo que la industria minera llama licencia social: el vínculo con la comunidad que determina si un proyecto puede operar con respaldo local o contra la resistencia de sus vecinos.

María Eugenia Basualdo, gerente de Relaciones Comunitarias de Glencore Pachón — quien vive en Calingasta y lleva 15 años en el proyecto — definió el objetivo del programa: «Promover la innovación en las nuevas generaciones, el aprendizaje práctico y la producción sustentable de alimentos en todo el departamento.»

Las huertas hidropónicas no son el único programa que Glencore desarrolla en Calingasta. La empresa impulsó formación en empleabilidad, fondos para emprendedores, capacitación en salud mental adolescente y convenios con el sistema educativo provincial. El patrón es consistente: presencia territorial sostenida, no eventos puntuales. En una zona que dependerá en parte de la minería para su desarrollo económico, ese patrón importa.

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