Los Triple NI-NI: la generación que 20 años de política argentina no miró

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Un informe del Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires revela que casi la mitad de los jóvenes argentinos vive en situación de vulnerabilidad. Entre quienes no trabajan, casi uno de cada tres tampoco estudia ni busca empleo. La investigación, basada en una encuesta presencial realizada a 1.002 jóvenes, obliga a formular una pregunta incómoda: ¿qué pasó en la Argentina durante los últimos 20 años para que una generación quedara fuera del radar de la política?

Los jóvenes que retrata el informe tienen entre 18 y 29 años. Nacieron, aproximadamente, entre 1997 y 2008. Son hijos de la Argentina posterior a la crisis de 2001 y crecieron mientras el país alternaba períodos de recuperación, recesión, inflación e incertidumbre. Atravesaron la pandemia durante la adolescencia o en los primeros años de su vida adulta y llegaron al mercado laboral en un contexto donde estudiar no siempre garantiza un empleo de calidad y trabajar tampoco asegura una vida sin privaciones.

Ese recorrido importa porque el informe Jóvenes vulnerables en la Argentina: condiciones de vida, creencias y expectativas sobre el futuro no parte de intuiciones. Es el resultado de una investigación nacional realizada por el CBC de la UBA mediante una encuesta presencial a 1.002 jóvenes de entre 18 y 29 años, residentes en los principales aglomerados urbanos del país, entre diciembre de 2025 y enero de 2026.

El estudio consideró vulnerables a quienes tenían como máximo nivel de instrucción el primario completo y, dentro del resto de la población juvenil, a quienes integraban hogares con privaciones económicas o estructurales. A partir de esa definición, la investigación estimó que la vulnerabilidad alcanza al 48,9% de la población de entre 18 y 29 años: alrededor de 4,1 millones de jóvenes.

Los datos que obligan a mirar

La vulnerabilidad juvenil no se limita a la falta de ingresos. Se construye a partir de trayectorias educativas interrumpidas, empleos informales, dificultades para llegar a fin de mes, falta de cobertura de salud y un deterioro creciente del bienestar emocional.

  • El 48,9% de la población de entre 18 y 29 años vive en condiciones de vulnerabilidad social.
  • El 60,5% de los jóvenes vulnerables no terminó la escuela secundaria.
  • Solo el 24,8% continúa estudiando.
  • El 19,1% no estudia ni trabaja.
  • Entre quienes no trabajan, el 32,8% tampoco estudia ni busca empleo.
  • Entre quienes trabajan, apenas el 15,3% tiene un empleo completamente registrado.
  • El 56,9% vive en hogares cuyos ingresos no alcanzan para llegar a fin de mes.

El dato más grave no es solamente que una parte de los jóvenes no estudie ni trabaje. Es que muchos dejaron también de buscar empleo.

El informe permite identificar un núcleo todavía más crítico que el tradicionalmente denominado “NI-NI”. Son jóvenes que no estudian, no trabajan y tampoco realizaron una búsqueda laboral reciente. Son los Triple NI-NI.

La diferencia no es menor. La desocupación supone la existencia de una persona que todavía busca una oportunidad. Cuando esa búsqueda desaparece, aparece otra dimensión del problema: el desánimo, la pérdida de expectativas y la ruptura del vínculo con las instituciones que históricamente permitían imaginar un proyecto de vida.

Una generación que creció mientras la política discutía otra cosa

Durante los últimos 20 años, la Argentina discutió inflación, deuda, cepos, elecciones, liderazgos, internas partidarias y cambios de modelo económico. Mientras tanto, esta generación crecía.

El informe no atribuye responsabilidades a un partido, un gobierno o una administración determinada. Tampoco define por sí solo las causas de la vulnerabilidad juvenil. Pero los resultados permiten interpelar a una política que, absorbida por la coyuntura y por sus propias disputas, no logró construir respuestas estables y sostenidas para la educación, el empleo y la integración de los jóvenes.

Los Triple NI-NI no aparecieron de un día para otro. Son el resultado de un proceso acumulado. Nacieron en hogares atravesados por crisis recurrentes, crecieron dentro de un sistema educativo con fuertes desigualdades y llegaron a un mercado de trabajo caracterizado por la informalidad y la inestabilidad.

La política discutió durante años la urgencia del presente, pero no consiguió transformar la integración juvenil en una política de Estado. Hubo programas, transferencias de ingresos e iniciativas educativas y laborales de distinto signo. Sin embargo, los datos muestran que no alcanzaron para evitar que casi la mitad de los jóvenes llegara a la adultez atravesada por privaciones económicas, educativas o habitacionales.

Trabajar tampoco garantiza estabilidad

Casi siete de cada diez jóvenes vulnerables trabaja. El dato podría parecer alentador si se observara de manera aislada. Sin embargo, las condiciones de inserción revelan otra realidad.

El empleo se concentra principalmente en el comercio, la gastronomía, la construcción, la venta ambulante o por Internet, la limpieza y las tareas de cuidado. Entre quienes trabajan, el 46,1% lo hace sin registración y otro 29,8% trabaja por cuenta propia. Si se consideran ambas situaciones, el 75,9% queda fuera de una relación laboral formal tradicional.

La mayoría cumple jornadas extensas. El 56,6% trabaja entre seis y ocho horas diarias y casi uno de cada cuatro supera las ocho horas. Sin embargo, trabajar no alcanza necesariamente para resolver las condiciones materiales de vida.

En tres de cada cuatro hogares, el ingreso principal proviene del empleo propio o de otro integrante de la familia. Aun así, para el 56,9% ese dinero no resulta suficiente para cubrir los gastos del mes. Entre las mujeres, la dificultad es todavía mayor: el 62,3% afirma que los ingresos de su hogar no alcanzan para llegar a fin de mes.

La vulnerabilidad juvenil no se explica por una falta de esfuerzo: muchos trabajan, pero lo hacen en condiciones que no permiten construir estabilidad ni proyectar el futuro.

Cuando la educación deja de funcionar como puente

La educación continúa siendo valorada. El 85,7% de los jóvenes considera que estudiar podría mejorar su calidad de vida. El problema no parece estar en la falta de reconocimiento de su importancia, sino en la distancia entre esa valoración y las posibilidades concretas de sostener una trayectoria educativa.

Seis de cada diez jóvenes vulnerables no terminaron la secundaria y apenas uno de cada cuatro continúa estudiando. La formación en oficios también alcanza a una minoría: solo el 15% realiza algún curso de capacitación laboral.

La relación entre educación y trabajo aparece claramente reflejada en el estudio. A medida que aumenta el nivel educativo, también mejora el acceso a empleos registrados, ingresos más estables y cobertura de salud. Para quienes abandonaron tempranamente la escuela, en cambio, el horizonte queda mayormente limitado a ocupaciones informales o de baja calificación.

Durante décadas, estudiar fue una de las grandes promesas de movilidad social de la Argentina. Hoy esa promesa sigue siendo reconocida, pero no siempre puede concretarse. El problema no es que los jóvenes hayan dejado de valorar la educación, sino que una parte importante encuentra cada vez más dificultades para permanecer dentro del sistema y transformar ese esfuerzo en una oportunidad real.

La otra cara de la vulnerabilidad: ansiedad, desgano y cansancio

La precariedad material también atraviesa la salud mental. El informe muestra que los malestares emocionales no constituyen episodios excepcionales, sino experiencias frecuentes dentro de la vida cotidiana de los jóvenes vulnerables.

  • Más de siete de cada diez manifestó haber sentido nervios o ansiedad al menos algunos días.
  • La ansiedad alcanza aproximadamente al 80% de las mujeres, frente al 67,7% de los varones.
  • Más de la mitad reconoció episodios de tristeza, desgano o depresión.
  • También aparecen dificultades para dormir, cansancio durante el día y sentimientos de soledad.
  • Alrededor del 30% manifestó dificultades para controlar el consumo de alcohol, cigarrillos o drogas.

La investigación también señala una presencia extendida del uso excesivo del celular: más de seis de cada diez jóvenes reconocieron utilizarlo demasiado todos o casi todos los días. El informe no establece que las pantallas sean la causa de la vulnerabilidad, pero el dato permite abrir una discusión sobre la inmediatez, la exposición permanente y las formas en que esta generación construye sus expectativas.

En las redes sociales, el éxito aparece muchas veces asociado a recompensas inmediatas, fama rápida o dinero obtenido sin un recorrido visible. Esa narrativa convive con una experiencia cotidiana en la que estudiar durante años no asegura empleo y trabajar largas jornadas no siempre permite independizarse.

La pregunta, entonces, no debería reducirse a por qué los jóvenes buscan resultados inmediatos. También es necesario preguntarse qué ocurre cuando el largo plazo deja de ofrecer recompensas creíbles.

Cuando la educación no garantiza movilidad y el trabajo no asegura autonomía, la inmediatez deja de ser solo una elección cultural: también puede convertirse en una respuesta frente a un futuro incierto.

Sin obra social y con una fuerte dependencia del sistema público

La precariedad laboral tiene consecuencias directas sobre el acceso a la salud. El 72,2% de los jóvenes relevados se atiende en hospitales públicos o salas de atención primaria y otro 5% declara no tener ningún tipo de cobertura. Solo el 19,3% cuenta con obra social y apenas el 3% posee una prepaga.

La relación vuelve a ser evidente: los jóvenes con mayores niveles educativos y trabajos formales tienen más posibilidades de acceder a una obra social. Quienes quedaron fuera de la escuela o se insertaron en actividades informales dependen casi exclusivamente del sistema público.

Esta realidad adquiere una importancia todavía mayor cuando se la cruza con los indicadores de salud mental. El malestar emocional es frecuente, pero las posibilidades de acceder a tratamientos sostenidos quedan condicionadas por la cobertura disponible y por la capacidad de respuesta del sistema estatal.

¿Qué futuro imaginan?

A pesar de las dificultades, el informe no describe a una generación sin deseos. Casi siete de cada diez jóvenes imagina vivir en otro lugar dentro de cinco años, principalmente en un barrio mejor, en otra ciudad o incluso fuera del país.

Sus principales objetivos son conseguir un trabajo o mejorar el que ya tienen, señalado por el 31,9%, y acceder a una vivienda propia, mencionado por el 29,8%. En cambio, formar una familia aparece como prioridad para apenas el 4,8%.

Los deseos existen. Lo que aparece debilitado es la confianza en los caminos para alcanzarlos. El nivel educativo vuelve a marcar diferencias: quienes llegaron a estudios terciarios o universitarios proyectan con mayor frecuencia terminar su formación, mientras que entre quienes no completaron la secundaria predomina la necesidad inmediata de conseguir un empleo.

Incluso la posibilidad de mudarse refleja esas diferencias. Entre quienes presentan niveles bajos de vulnerabilidad predomina la expectativa de vivir en un barrio mejor. Entre los jóvenes con vulnerabilidad alta, en cambio, aumenta la percepción de que dentro de cinco años seguirán viviendo en el mismo lugar.

La deuda de una política sin largo plazo

Sería simplista responsabilizar a un único gobierno por un proceso construido durante dos décadas. Pero también sería ingenuo pensar que estos resultados aparecieron solos.

El informe interpela a todos los niveles del Estado, al sistema educativo, al mercado laboral, a las empresas, a las organizaciones sociales y a las familias. Sin embargo, la política tiene una responsabilidad insustituible: transformar los diagnósticos en políticas de largo plazo y evitar que cada cambio de gestión vuelva a comenzar desde cero.

Durante años, buena parte de la discusión pública quedó absorbida por la emergencia económica y por las internas del poder. Los jóvenes aparecieron en discursos, campañas y programas aislados, pero no siempre fueron incluidos dentro de una estrategia sostenida capaz de conectar educación, capacitación, empleo formal, vivienda y salud mental.

El informe del CBC no dicta una sentencia política. Presenta datos. Pero esos datos obligan a mirar lo que la Argentina postergó.

Los Triple NI-NI no son una generación que decidió quedarse al margen. Son la expresión más dura de una sociedad que no logró construir instituciones capaces de integrarlos.

La pregunta ya no es solamente qué les pasó a los jóvenes. La pregunta es qué hizo —o dejó de hacer— la Argentina durante los últimos 20 años para que casi la mitad comenzara su vida adulta desde la vulnerabilidad.

Las generaciones no pierden el futuro de un día para otro. Lo pierden cuando la política deja de mirar más allá de la próxima elección.


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