Por Carla Di Tomaso – Abogada. Especialista en Magistratura, Derecho Penal y Litigación Oral. Especializando en Derecho e Inteligencia Artificial por la Universidad de Buenos Aires. Coordinadora Académica de Zona Derecho. I El enfoque sobre la inteligencia artificial en la justicia es fundamental para el derecho moderno.
La inteligencia artificial en la justicia ya empezó a cambiar los juicios y redefine la forma de litigar. Su avance mejora procesos, pero también abre interrogantes sobre el rol humano en la construcción de la verdad.
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La tecnología ya redefine la estrategia judicial
La escena ya no es ciencia ficción: en medio de un juicio oral, mientras un testigo declara, un sistema de inteligencia artificial transcribe en tiempo real, marca inconsistencias con testimonios previos y hasta sugiere preguntas a las partes. El juez escucha. Los abogados litigan. Y, en silencio, un algoritmo empieza a disputar un lugar en la construcción de la verdad, mostrando el impacto de la inteligencia artificial en la justicia actual.
La inteligencia artificial en la justicia está entrando por la puerta lateral, disfrazada de eficiencia. Primero fueron las tareas “neutrales”: ordenar expedientes, transcribir audiencias, buscar antecedentes. Nadie discute eso. El problema es que, como suele pasar con la tecnología, lo accesorio empieza a volverse central. Y en los juicios orales —donde todo gira en torno a la palabra, la percepción y la credibilidad— esa transición no es inocua.
Hoy ya existen herramientas capaces de asistir en tiempo real a fiscales y defensores, sugiriendo líneas de interrogatorio según cómo evoluciona una audiencia. Sistemas que detectan patrones en el discurso, que alertan sobre contradicciones, que resumen lo ocurrido antes de que el juez termine de tomar nota. Suena útil. Y lo es. Pero también es inquietante. Porque en ese “apoyo” empieza a filtrarse una forma de interpretar los hechos que no necesariamente vemos… ni entendemos.
Litigar con inteligencia artificial ya no es una hipótesis
Ahí aparece la pregunta incómoda: ¿quién está realmente conduciendo el proceso? Porque la inteligencia artificial no decide, pero orienta. No reemplaza al juez, pero puede influir en qué le llama la atención. No dicta sentencia, pero puede inclinar —aunque sea levemente— la balanza. Y en un sistema que se apoya en la inmediación y en la valoración directa de la prueba, esas pequeñas inclinaciones pueden ser decisivas y son parte del debate sobre la inteligencia artificial en la justicia.
Además, hay algo más profundo. La justicia oral se construyó sobre la idea de presencia: ver, escuchar, percibir directamente. Introducir capas tecnológicas que “interpretan” lo que ocurre rompe, al menos parcialmente, ese pacto. ¿Qué valor tiene la intuición del juez frente a un sistema que detecta patrones invisibles para el ojo humano? ¿Estamos dispuestos a admitir que una máquina pueda ver mejor que nosotros en el momento más crítico del proceso?
El riesgo no es que la inteligencia artificial falle. El verdadero riesgo es que funcione demasiado bien… y dejemos de cuestionarla. Esa confianza excesiva en la inteligencia artificial en la justicia podría modificar el equilibrio tradicional del sistema.
Tal vez el mayor riesgo no sea que la inteligencia artificial se equivoque, sino que tenga razón… y que, frente a eso, dejemos de discutir.
Porque el día que los abogados dejemos de argumentar, la justicia no se va a volver más eficiente: se va a volver más débil. Y en ese punto, el problema ya no será la inteligencia artificial. Será que dejamos de hacer aquello que —hasta ahora— nadie pudo reemplazar. Por todos estos motivos, reflexionar sobre la integración de la inteligencia artificial en la justicia se vuelve imprescindible.
Carla Di Tomaso, Abogada Especializando en IA en la Justicia

