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El Día Internacional de la Mujer nació entre huelgas obreras, reclamos por el voto y protestas contra la guerra. Más de un siglo después, la pelea se mudó a otro terreno: la tecnología, la inteligencia artificial y la autonomía económica.
Resumen:
* El 8M condensa más de un siglo de luchas por derechos civiles, laborales y políticos.
* Hoy la desigualdad también se juega en el acceso a la tecnología y en los puestos de decisión.
* Lucía Mauritzen, directora ejecutiva de Chicas en Tecnología, advierte que la IA puede abrir oportunidades, pero también amplificar sesgos existentes.
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Un siglo de lucha antes del algoritmo
Mucho antes de que Naciones Unidas fijara el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer, la fecha ya arrastraba una tradición de protesta. El origen no está en una sola escena ni en un único hecho heroico. Está en una cadena de reclamos por derechos básicos: trabajar en condiciones dignas, votar, estudiar, administrar bienes propios y dejar de ser ciudadanas de segunda.
En el siglo XIX, en plena expansión industrial, las mujeres comenzaron a organizarse en un mundo que las quería dentro de la casa, fuera de la política y lejos de la toma de decisiones. A fines de ese siglo y comienzos del XX, las movilizaciones feministas y obreras empezaron a reclamar menos horas de trabajo, mejores salarios y derecho al voto. Esa tensión fue la semilla de una agenda que todavía hoy no terminó de saldarse.
La institucionalización llegó en 1975, cuando la ONU formalizó la conmemoración del 8 de marzo. Pero para entonces la fecha ya condensaba décadas de organización, huelgas y marchas en distintos países. El punto es otro: más de medio siglo después de ese reconocimiento internacional, la igualdad sigue incompleta.
Del derecho al voto a la brecha digital
Las luchas cambiaron de escenario, pero no de núcleo. Si el siglo pasado discutió el voto, la ciudadanía plena y la igualdad jurídica, el presente discute quién participa del futuro. Y ese futuro está atravesado por datos, algoritmos, programación e inteligencia artificial.
La economía del conocimiento se volvió una de las grandes usinas de empleo, prestigio e ingresos. Sin embargo, las mujeres siguen corriendo desde atrás. En Argentina, apenas el 20% de los puestos directivos en empresas tecnológicas está ocupado por mujeres, según datos adelantados por Chicas en Tecnología.
Ese dato duele más porque no describe falta de preparación. Describe un techo que persiste aun en un sector que se presenta como sinónimo de innovación. En otras palabras: el mundo puede llenarse de inteligencia artificial, pero si el poder sigue repartido de la misma manera, la desigualdad también se moderniza.
Una entrevista para leer el 8M desde el presente
En diálogo con Tercer Tiempo, Lucía Mauritzen, directora ejecutiva de Chicas en Tecnología, explicó por qué la inclusión femenina en el ecosistema tech no puede pensarse como un tema sectorial, sino como una discusión estructural sobre autonomía, sesgos y futuro del trabajo. :contentReference[oaicite:2]{index=2}
TT — ¿La inteligencia artificial puede cerrar la brecha de género o puede agrandarla?
Lucía Mauritzen — “La inteligencia artificial es una herramienta súper poderosa que viene a brindar un montón de soluciones y de posibilidades, pero al mismo tiempo también replica y muchas veces hasta amplifica situaciones actuales. Si estas brechas siguen sucediendo en la realidad, las herramientas no hacen más que perpetuarlas o incluso amplificarlas”.
La definición es clave para leer este 8M sin ingenuidad. La tecnología no llega al mundo como una fuerza neutral. Aprende de los datos que le damos. Se entrena con nuestros sesgos. Y por eso puede convertirse tanto en una herramienta de inclusión como en una máquina que acelera exclusiones viejas con estética de futuro.
TT — ¿El sesgo se cruza con la preparación? ¿Qué pasa cuando las mujeres sí logran entrar al sector?
Lucía Mauritzen — “Hay un sesgo que lleva a que menos mujeres elijamos carreras STEM. Sin embargo, aquellas que llegamos a roles técnicos en empresas estamos mucho más preparadas que los varones”.
La paradoja es brutal. Según explicó Mauritzen, en el relevamiento que realizaron sobre 50 empresas en Argentina detectaron que el 76% de las mujeres en los mismos puestos cuenta con título universitario o posgrado, frente al 54% de los varones. Es decir: las mujeres son menos, pero llegan más formadas.
La desigualdad, entonces, no se sostiene en una falta de credenciales. Se sostiene en una estructura que deja entrar a menos mujeres desde el inicio y que, cuando las deja entrar, muchas veces les exige más.
La “tubería con fugas” que empieza mucho antes del empleo
TT — ¿Dónde empieza esa brecha?
Lucía Mauritzen — “Nosotros llamamos a este fenómeno la tubería con fugas, porque las chicas eligen menos las carreras de tecnología. Entonces, al momento de aplicar a roles de tecnología, ya hay menos candidatas que candidatos”. :contentReference[oaicite:6]{index=6}
La imagen funciona porque es precisa. La fuga no aparece al final, cuando una empresa define un ascenso o una dirección. Empieza antes: en la infancia, en los juguetes, en los modelos de referencia, en el aula, en la orientación de las carreras y en la idea instalada de qué profesiones son “para varones” y cuáles no.
La brecha tecnológica no es un accidente del mercado. Es una construcción cultural que después el mercado consolida.
Autonomía económica: el corazón político del 8M
TT — Muchas veces el 8M queda atado solo al debate sobre violencia. ¿Qué lugar ocupa la autonomía económica?
Lucía Mauritzen — “Sin lugar a dudas, la autonomía y, aún más específicamente, la independencia económica, es una gran aliada y una enorme puerta de oportunidades. No es lo mismo la situación de una mujer que depende económicamente de una pareja o de su familia que la de una mujer que tiene trayectoria educativa y laboral”.
Ese punto cambia el eje de la discusión. La agenda del 8M no se agota en la denuncia, aunque la denuncia siga siendo necesaria. También se juega en la capacidad concreta de decidir. dónde trabajar. Con quién estar. Elegir irse. Quedarse. Elegir proyectar.
Por eso la conversación sobre mujeres y tecnología excede el mundo del software. Habla de ingresos, de prestigio, de liderazgo y de libertad. O dicho de otro modo: la inclusión en sectores dinámicos no es solo una cuestión de representación; también es una cuestión de poder.
Qué puede hacer la IA y qué no
TT — ¿La inteligencia artificial puede servir como puente para equilibrar asimetrías sociales y económicas?
Lucía Mauritzen — “Creo que es una herramienta poderosísima, con un potencial enorme de colaborar, de crear puentes y de brindar soluciones. El mayor desafío que hoy tenemos como sociedad es cómo hacemos uso de esa inteligencia artificial”.
La respuesta escapa tanto al entusiasmo ciego como al catastrofismo fácil. La IA no viene a salvar por sí sola la desigualdad de género. Pero tampoco es apenas una amenaza. Puede democratizar acceso a información, acelerar procesos, abrir nuevas oportunidades laborales y derribar algunas barreras de entrada. El problema aparece cuando esas soluciones se diseñan sin perspectiva de inclusión.
TT — ¿Y qué pasa con el futuro del trabajo, sobre todo en los roles junior?
Lucía Mauritzen — “Más allá de los temores que despierta, va a abrir un montón de posibilidades laborales y económicas nuevas. Si bien van a haber ciertos roles o ciertas tareas que posiblemente dejen de existir, también van a haber nuevas oportunidades que recién ahora estamos empezando a descubrir”.
La discusión, otra vez, no es solo tecnológica. Es política, educativa y cultural. Porque toda transición abre puertas, pero no todas las personas llegan con la misma llave.
El sesgo no empieza en la oficina
TT — Cuando hablamos de sesgo, ¿de qué estamos hablando exactamente?
Lucía Mauritzen — “Es una problemática multidimensional, sistémica y muy compleja. El sesgo no aparece solamente en el ámbito de la empleabilidad. Aparece desde que somos muy chicas, en los juguetes, en el sistema educativo primario y secundario, en el sistema universitario y luego se replica en el ámbito laboral”.
Esa mirada obliga a salir del simplismo. No alcanza con pedirles a las empresas que contraten más mujeres si antes no se corrigen las condiciones que hacen que muchas ni siquiera lleguen a imaginarse ahí. Tampoco alcanza con celebrar casos de éxito individuales cuando la estructura sigue sesgada.
El desafío del presente no es solo que haya más mujeres dentro del sistema tecnológico. Es que puedan entrar, crecer, liderar y diseñar el rumbo de ese sistema.
De la calle al algoritmo
Hace más de un siglo, las mujeres salían a la calle para reclamar pan, paz, voto, salario y dignidad. Hoy la pregunta es otra, aunque en el fondo sea la misma: quién tiene derecho a participar del futuro.
El 8M sigue siendo una fecha incómoda porque no permite romantizar los avances. Recuerda que cada derecho conquistado fue una disputa. Y que las nuevas fronteras de desigualdad ya no solo están en el Congreso, en la fábrica o en la casa. También están en el código, en los datos y en las decisiones que modelan la inteligencia artificial.
Del derecho al voto a la inclusión con IA no hay una línea recta. Hay una misma pelea, actualizada.

